La discusión sobre desigualdad y meritocracia no para, y me parece bien, hace tiempo que estamos socialmente complicados con nuestro modelo de desarrollo. Ahora, la ministra de Educación, Marcela Cubillos (novena generación Larraín en “Por qué los Larraínes prosperan y dirigen… y los González mucho menos”, 2019), ha nombrado en un alto cargo del Mineduc a un hijo de Carlos Larraín, justificando su elección, además, con razones de mérito: profesor de enseñanza media egresado con distinción máxima. Cuesta creer que entre los más de 200.000 docentes que hay en Chile hoy, justo un Larraín es el mejor para ocupar ese cargo. Esta elección es de parentesco y no de mérito, como muchas veces lo ha justificado el mismo senador Carlos Larraín en TVN: es bueno elegir personas en cargos de trabajo por razones ajenas a su productividad.
Esto nos recuerda el debate científico social sobre los contrastes en los modelos de desarrollo de Estados Unidos y Europa. En EE.UU., los impuestos son bajos y la desigualdad es mayor; por el contrario, en Europa tienen mayores impuestos, estados de bienestar y menores niveles de desigualdad. ¿Por qué? Benabou y Tirole (QJE 2006, “Belief in a just world and redistributive politics”) señalan varias hipótesis.
Primero, la importancia de las creencias respecto a la justicia de los resultados. Mientras en EE.UU., la mayoría cree que vive en una sociedad meritocrática, en donde se premia el esfuerzo, en Europa lo contrario. Segundo, las creencias equivocadas, es decir, se creen cosas que no son reales. Por ejemplo, en EE.UU., la gente cree que hay mayor movilidad social, cuando en realidad no es así. Estos errores se podrían deber a (i) que la gente necesita estar motivada para seguir trabajando; (ii) que hay una “falsa conciencia”, la cual hace creer a las personas que, si se esfuerzan, entonces serán recompensados. En Europa no pasaría tanto esto, ya que los sindicatos son más fuertes, o (iii) que las creencias son funcionales a las necesidades sicológicas y los objetivos funcionales de las personas: la gente cree lo que desea creer. Esto último se fundamenta en una evidencia clave de la psicología, y es que existe una disonancia cognitiva: las personas creen que el esfuerzo es recompensado, al mismo tiempo que observan que no lo es, por lo tanto, se convencen de que el esfuerzo debe estar siendo recompensado. Esto se relaciona con la tendencia del ser humano a explicar el comportamiento y los resultados por causas internas (culpa al individuo), más que por circunstancias externas (o suerte), creando un control ilusorio sobre los factores del ambiente (Lerner, 1982: “Creer en un Mundo Justo”).
Chile no es justo y la sociedad chilena lo sabe: presenta creencias más parecidas a Europa que a EE.UU. Por lo tanto, apostar por la “falsa conciencia”, como lo hace el gobierno, para hacer creer que vivimos en un país justo suena a una provocación, sobre todo cuando las demandas por justicia distributiva están cada vez más alejadas de la realidad de las políticas públicas. Mucho que avanzar en justicia en este país.
Fuente original: La Tercera, publicado el 4 de febrero de 2019