Hace algunos años -no tantos- en las aulas de un típico curso de políticas sociales en una universidad prestigiosa, un típico economista chileno nos decía lo siguiente: “La movilidad social, entendida como la correlación entre los ingresos de los padres y los ingresos de los hijos, no está relacionada con la igualdad, entendida como igualdad de ingresos: hay países con alta desigualdad y alta movilidad social, otros países con alta desigualdad y baja movilidad social, y países con baja desigualdad y alta movilidad. Como no nos debe interesar la igualdad (eso es muy marxista y ya fue superado diría este profesor), lo que nos debe preocupar es la movilidad social. Así, siguiendo la idílica experiencia de Estados Unidos, podríamos ser un país con alta desigualdad, pero no importa… Si hay alta movilidad social.” ¡Para que más!
La evidencia reciente, sin embargo, indica que existe una relación positiva entre movilidad social e igualdad. En particular, mayor movilidad social está relacionada con mayor igualdad de ingreso, y en esta columna intentaré explicar el por qué.
La evidencia se encuentra contenida en lo que se conoce como “The Great Gatsby” Curve (Curva “El Gran Gatsby”), que fue introducida por primera vez por Alan Krueger en su discurso titulado “The Rise and Consequences of Inequality”, que dio en enero, 2012, como presidente del Consejo de Asesores Económicos del gobierno de Estados Unidos.
La curva “El Gran Gatsby” se presenta en el gráfico a continuación. En el eje-x está el nivel de desigualdad mientras que en el eje-y está el grado de movilidad intergeneracional. Como vemos, existe una correlación positiva entre movilidad intergeneracional y desigualdad, es decir a mayor movilidad (caída en y) mayor igualdad (caída en x). En países donde hay mayor igualdad social, también hay mayor movilidad social.
El índice de movilidad social se mide a partir de una ecuación que intenta identificar en que medida los ingresos de los hijos están determinados por los ingresos de los padres. Mientras mayor es el índice significa que en mayor medida esta transmisión ocurre y por lo tanto tenemos un país con menor movilidad social. Chile no aparece en este gráfico porque han tomado a países de ingresos altos –club al que pasó hace unos meses-, pero les cuento que estaría en el extremo superior del mismo, con muy poca movilidad y alta desigualdad. Para ser más especifico, Chile tiene un índice de desigualdad superior a 35 (el máximo en el eje-x) y un indicador de movilidad intergeneracional superior a .5 (máximo en eje-y), según estimaciones de Nuñez y Risco (2004) y Celhay, Sanhueza y Zubizarreta (2010).
La puesta en el debate público de esta curva ha generado una gran discusión acerca de cuales son los mecanismos que hay detrás de esta correlación y en qué medida preocuparse de la igualdad debe ser también un objetivo de política pública. El mecanismo es algo que varios hemos notado hace un tiempo, usando solamente el concepto de igualdad de oportunidades de Roemer (1998) (Sanhueza, 2011 por ejemplo) y Corak (2013) lo ha formalizado. La idea general es que generar mayor igualdad es una condición necesaria para generar un mayor grado de igualdad de oportunidades. En concreto, las políticas públicas deberían evitar que las circunstancias que el individuo enfrenta al nacer (nivel de riqueza, género, raza, lugar de residencia, entre otros) determinen los resultados (ingresos) en la vida. A su vez, generar una mayor igualdad de oportunidades desemboca en mayor movilidad social.
Chile no aparece en este gráfico porque han tomado a países de ingresos altos –club al que pasó hace unos meses-, pero les cuento que estaría en el extremo superior del mismo, con muy poca movilidad y alta desigualdad. Para ser más especifico, Chile tiene un índice de desigualdad superior a 35 (el máximo en el eje-x) y un indicador de movilidad intergeneracional superior a .5 (máximo en eje-y)”
Más específicamente, cuando hablamos de igualdad, nos referimos a una igual distribución de ingresos, es decir una igual distribución de “resultados”. Estos resultados son fruto de un proceso que generó esos resultados. En el lenguaje de Roemer (1998) el proceso está determinado por tres variables: esfuerzo, circunstancias y oportunidades. Una sociedad en donde existe igualdad de oportunidades es una en la cual las oportunidades (políticas públicas) hacen que las circunstancias no determinen los resultados. Así, los resultados provendrían de un proceso “justo”. De hecho, en teoría, dos países podrían tener la misma distribución de ingresos (resultados), pero en uno existir igualdad de oportunidades y movilidad social, y en otro no. El primero de ellos, a pesar de ser desigual en sus ingresos, parecería más justo en el proceso que generó esos ingresos: si todos juegan con la cancha nivelada y existen políticas públicas tales que hacen que las condiciones iniciales (en la niñez) no afecten los resultados finales, no habría un mayor problema en que algunos ganen más que otros al final del partido. Ese sería el caso de Estados Unidos, por ejemplo, país con alta desigualdad, pero reconocido, hasta hace poco, por tener una alta movilidad social.
Sin embargo, en Estados Unidos, “tierra de las oportunidades”, las consecuencias de su alta desigualdad económica están en un fuerte cuestionamiento (T. Noah el 2012 presenta un artículo en The New Republic). En una serie de investigaciones recientes, se muestra cómo la movilidad social ha disminuido en el tiempo en Estados Unidos (por ejemplo Mazumder, 2005 en “Unequal Chances” de Bowels, Gintis y Osborne), y una de las razones se atribuye a la alta desigualdad de ingresos. Así mismo, se puede observar que en sociedades donde hay una mayor desigualdad de ingresos también se existe una mayor persistencia en los ingresos de una generación a otra, o una menor movilidad intergeneracional. La metáfora que se utiliza para entender como una mayor desigualdad de ingresos dificulta la movilidad social es la planteada por Corak y por Krueger: como los peldaños de la escalera se distancian, la escalera se vuelve más difícil de escalar.
Probablemente una de las razones más importantes detrás del impacto de la desigualdad de ingresos en la movilidad social tiene que ver con la cantidad de beneficios que puede comprar el ingreso en el proceso que genera resultados. Por ejemplo, un país como Chile, donde el ingreso de los padres permite no solamente comprar una casa más grande y ropa más cara, sino colegios con mayores recursos, barrios más seguros, salud con mayores recursos, más cultura, y en general acceder a mayores oportunidades de desarrollo . Así, el ingreso de los padres termina siendo un preeditor casi perfecto del ingreso de los hijos. Una situación muy distinta es la de los países nórdicos (en la parte inferior izquierda de la curva el gran gatsby), a diferencia de Estados Unidos y Chile, hay beneficios importantes que no se compran con ingresos: educación y salud especialmente, hay sistemas tributarios con alta carga tributaria y de impacto progresivo, hay sindicatos con mayor poder redistributivo al interior de las empresas y mejores condiciones laborales. Estas son políticas públicas que generan mayor igualdad social, mayor igualdad de oportunidades, y a la vez producen mayor movilidad social. Un círculo virtuoso bastante agradable si pensamos en las otras dimensiones de bienestar que se ven afectadas positivamente: bajos niveles de delincuencia, menos enfermedades mentales, mayor cohesión social, más tiempo libre y mayor bienestar subjetivo.
un país como Chile, donde el ingreso de los padres permite no solamente comprar una casa más grande y ropa más cara, sino colegios con mayores recursos, barrios más seguros, salud con mayores recursos, más cultura, y en general acceder a mayores oportunidades de desarrollo . Así, el ingreso de los padres termina siendo un preeditor casi perfecto del ingreso de los hijos“
Si esto es importante en un país como Estados Unidos, que no tiene gran aversión a la desigualdad, debería ser aún más relevante en un país como el nuestro, donde 88,8% de los chilenos cree que la actual distribución del ingreso es injusta o muy injusta. Por eso, “otro modelo” de desarrollo es uno en el cual la igualdad social está en el centro, a través de políticas sociales universales en educación y salud, un sistema tributario progresivo y con una recaudación más alta y una legislación laboral que fortalezca los sindicatos.
Dados estos antecedentes, en la actualidad sería razonable el(la) típico(a) profesor(a) de políticas sociales de una universidad prestigiosa se refiriera a la curva “Gran Gatsby”, recalcando que la igualdad, la igualdad de oportunidades y la movilidad social son todas caras del mismo poliedro.