El ser humano es un producto de su medio ambiente (S. Suzuki)
Hace algunos años me encontré con un libro increíble sobre el efecto del entorno en el desarrollo de los “talentos”. Es la experiencia del pedagogo musical Shin’ichi Suzuki (1993, 1999), cuyo enfoque se ha transformado en un método para la enseñanza de la música que se ha expandido rápidamente en todo el mundo.
El comienza este libro con una observación: “todo niño y niña que nace en Japón sabe hablar japonés”. A simple vista una obviedad. Sin embargo, esto quiere decir que, no importando absolutamente nada relevante sobre el niño o la niña, ni su condición socioeconómica ni sus “talentos innatos”, cada persona que nace en Japón y vive en Japón, producto de estar sujeto a un entorno en el cual el lenguaje es japonés, lo aprende. Sin embargo, desde nuestra perspectiva aprender japonés parece un desafío enorme, como lo sería también para los japoneses aprender español.
De esto, y su experiencia de años enseñando música nos cuenta con muchos ejemplos que la música es simplemente un lenguaje más. Y si los niños son expuestos a un entorno adecuado en términos de exposición a la música y un ambiente estimulante en este aprendizaje, este niño o niña aprenderá a tocar un instrumento y lo hará perfectamente. Esta visión cambió de cierta manera el paradigma en la enseñanza de la música. Tradicionalmente se buscaba a los “talentosos” y solamente a esos se les enseñaba a tocar un instrumento con un concepto más vinculado a la adquisición de conocimientos que al entorno.
Bajo este método (Suzuki), aprender a tocar un instrumento musical es algo que todos los niños y niñas podrían eventualmente hacer. Es más, es muy frecuente que niños y niñas con problemas de aprendizaje o síndrome de Down lo logren bajo este método de enseñanza. Al igual que el lenguaje materno, unos lo aprenderán antes que otros, pero con un entorno adecuado, suficiente tiempo y esfuerzo, todos aprenden. Eso ha masificado la enseñanza de la música y en la práctica en varios países. Además, con una mayor probabilidad encontrará condiciones especiales en algunos niños y niñas que junto a una motivación individual se convertirán en músicos profesionales.
Ahora, este enfoque del aprendizaje de la música puede ser eventualmente aplicado al aprendizaje de todas las áreas. El medio ambiente tiene un efecto determinante en el desarrollo de los “talentos” de un niño o niña. La evidencia indica que estar expuesto a determinados entornos más que la información genética, es lo que finalmente determina los “talentos”.
Por lo mismo, un sistema educativo y social generador de “talentos” es uno en el cual se generan entornos en los cuales los niños y niñas pueden desarrollar su personalidad plenamente, adquirir destrezas diversas e ir descubriendo sus propios gustos y con eso sus potenciales. De hecho, estudios recientes desde la sicología nos indican que no son: el coeficiente intelectual, la inteligencia social, la apariencia y la salud física, los determinantes de “éxito” medido de diversas formas (entre ellos el no desertar de enseñanza media, por ejemplo), sino que es algo llamado “determinación”, que es la pasión y perseverancia para alcanzar metas de largo plazo, resiliencia y la capacidad de aferrarse al futuro (Angela Lee Duckworth, por ejemplo). Tener “determinación” es algo mucho más complejo y desconocido de construir, que enseñar matemáticas y lenguaje.
En ese contexto, cualquier tipo de selección en el sistema escolar, es por un lado irrelevante (no permite identificar los “talentos”) e injusto (deja fuera mucha gente “talentosa”). No se trata de una carrera en la que los “ganadores” entran a la Universidad y el resto “pierde”. Sino de la generación de espacios de “comunidades educativas” en la que todos sus niños y niñas se pueden desarrollar plenamente, conscientes que al final de este proceso, digamos cuarto medio, un cruce entre sus preferencias y “talentos” los hará elegir el camino que los haga plenos en la vida.
Así, es importante que los sistemas de selección a las Universidades sean justos y “eficientes” en el sentido que nadie que pudiendo tener las destrezas y preferencias se quede sin acceso. En este sentido, mecanismos como el “ranking” (que en realidad no es un ranking relativo sino una bonificación para los alumnos que están sobre el promedio de las tres generaciones anteriores de cada establecimiento), favorecen el ingreso de grupos históricamente sub-representados en el acceso a las mejores Universidades del sistema. Además, permite identificar de mejor manera las destrezas necesarias para el éxito en la Universidad, ya que estar entre los mejores del curso es un mejor indicador de la capacidad de aprendizaje y compromiso con el estudio que el nivel de la PSU, que está contaminado por el entrenamiento de la prueba y conocimientos adquiridos. Sin perjuicio que estos mecanismos deben ir mejorando en la medida que vamos complejizando el sistema.
El sistema de selección también debe ser “justo” en un contexto más amplio: que nadie que quede fuera de la Universidad no tenga las oportunidades de desarrollar sus propias destrezas y “talentos” en otras instituciones: educación técnica por ejemplo. Por lo mismo, aún cuando tenemos un cobertura bruta de 45.8% y neta de 33.3% , todavía hay espacio para aumentar nuestra cobertura y ofrecer un sistema de educación superior más diverso y de calidad.
El problema que esconde la selección universitaria es que en un país con las desigualdades que tenemos en Chile, tener una profesión Universitaria se evalúa, con justa razón, como prácticamente la única fuente de acceso a una vida digna. En países más igualitarios, la decisión de entrar o no a la universidad es una alternativa entre muchas otras, pero no son los únicos caminos que brindan las sociedades ni están asociados a tan dispares niveles de ingresos. Más aún los ingresos no son los únicos que determinan un mayor bienestar. Los derechos sociales como la educación y la salud permiten que el bienestar en estas dimensiones no dependan de los caminos que se elijan: carrera Universitaria u otro. En una sociedad más igualitaria, cada trabajo (resultado en el mercado laboral) debe entregar condiciones de desarrollo dignos y los países deben tener acuerdos sociales que permitan ampliar así la libertad de todos sus miembros.
Por eso, más allá del camino “Universidad,” las sociedades deben ofrecer condiciones de aprendizaje lo más diversos posibles, que permitan desarrollar los “talentos”, no de algunos niños o niñas, sino de todos ellos y ellas. Así mismo, se hace más evidente que las sociedades deben también generar resultados en el mercado laboral que permitan a todas las personas no solamente ser libres de optar por diversos caminos en la vida, sino que estos sean caminos de vida dignos para todos sus ciudadanos, independiente de si tienen o no un título universitario. Esta es la principal motivación de Amartya Sen (“La libertad individual como compromiso social”, 1994), para proponer un modelo de desarrollo para la libertad fundamentado en la generación de capacidades de elegir diferentes caminos de vida (cita que elegí para este blog!). Y esa es una justificación adicional para que el mercado laboral, el sistema tributario y la generación de derechos sociales permitan que exista mayor igualdad de oportunidades y menor desigualdad de ingresos.